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Hermanos Ossandón: ¿Donde está el Estado laico?

Los dichos de los hermanos Ossandón han abierto una serie de críticas en los medios de comunicación y sobre todo en las redes sociales. Sus palabras dan cuenta del catolicismo que los empapa en una de sus posturas más radicales que es el Opus Dei. Sin embago, me parece que las críticas han estado mal enfocadas: están referidas a lo que ellos piensan, pero carecen de un análisis profundo que explique por qué esto puede resultar dañino. Creo que el problema en sí no es lo que dicen o lo que creen, sino el lugar desde donde lo dicen y el rol público que ellos tienen en la esfera política.
Hace algunos, Ximena Ossandón, en una entrevista con la revista Paula, dio su opinión sobre Karadima. Según el punto de vista de Ossandón, quien se desempeña como vicepresidenta de la Junji, el sacerdote es un estandarte de la Iglesia Católica, pero el diablo lo hizo caer en la tentación que explicaría las acusaciones de pedofilia. Desde una perspectiva teológica, y siendo bastante estrictos, su perspectiva no es del todo errónea. Efectivamente, el cristianismo plantea que el demonio tienta al ser humano y que éste, por voluntad, decide si caer o no ante lo que ofrece. Ossandón, entonces, piensa que si Karadima es culpable, es por la tentación del demonio.
Más allá de mis creencias -y de considerar que esto podría estar errado-, me parece que sí hay que respetar distintas formas de fe aunque nos parezcan disparatadas. Ximena Ossandón tiene todo el derecho de creer lo que quiera y me parece que nadie debería criticar esto. El problema tiene que ver con su rol político. Una mujer encargada de la Junji y que trabaja para el Estado no debería dar estas declaraciones, porque ella está representando al Estado, que supuestamente es laico. De cierta manera está infringiendo el laicismo del Estado con estos dichos que vienen de ese lugar. Si a Ximena le hubieran hecho la entrevista desde otra tribuna, creo que no habría mayor conflicto. El problema, insisto, está en el lugar en donde pone sus palabras y en cómo su fe particular pasa a formar parte de algo que es público. Esto se refleja en las vírgenes que está instalando en todos los jardines de la Junji, los que pagamos nosotros con nuestros impuestos: así viola así las creencias diversas de cada de uno de los chilenos e impone una ideología que no es de país -aunque muchos quieran que así sea-. Ése es el problema de raíz: la imposición de una creencia y la violación a la noción de Estado laico.
El alcalde Ossandón hace exactamente lo mismo al no repartir la píldora del día después en Puente Alto por motivos religiosos. Él está en todo su derecho de estar en contra del aborto, del matrimonio igualitario entre otros, pero no debería permitirse que por sus creencias viole ciertas legalidades. Cuando los motivos ideológicos pasan por encima del Estado y de los derechos de las personas estamos en presencia de actos de por sí reprochable.
¿Por qué nadie ha hecho algo al respecto? Muchas opiniones se quedan en torno a lo que ellos dicen y lo que ellos creen. Sinceramente, pienso que no tiene sentido seguir en esa discusión infructuosa e intolerante. Lo que sí hay que poner en el tapete es el problema que se genera a partir de lo que están haciendo por sus creencias y cómo el Gobierno no toma acciones para hacer valer su legalidad. Es necesario respetar la diversidad de opinión, pero cuando las creencias de unos pocos pasan por encima de todos nosotros el problema es otro. Estos actos que imponen ciertas ideologías a los demás, abusando de un lugar y un rol político, me parecen violentos e intolerables.  Y es desde ahí donde hay que hacer productivo el debate.
Extraido de SENTIDOS COMUNES
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