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Marcial Maciel: El Aliado Oscuro de Juan Pablo II

por Jesús Rodríguez (*)

Maciel, fundador de los Legionarios, ya era pederasta cuando el polaco llegó a papa. Ambos se apoyaron entre sí y compartieron una visión de la Iglesia.

“Y a usted, padre, ¿cuándo le vino la idea de crear la Legión?”, le preguntó Juan Pablo II a Marcial Maciel la primera vez que cenaron juntos en el comedor privado del Santo Padre. La respuesta de Maciel fue inmediata: “Santidad, a los 15 años ya tenía claro que quería crear una congregación de sacerdotes para instaurar el reino de Cristo en la sociedad”. El Papa reflexionó y continuó: “Pues sabe usted, padre Maciel, yo a los 15 años aún no había sido ordenado y no se me pasaba por la cabeza llegar a ser Papa”. Según un religioso que presenció la conversación, tras esa frase del Papa los dos rompieron a reír. El Papa siempre admiró a Maciel esa seguridad absoluta que tenía en su misión. Sabía que iba ser de una fidelidad absoluta.

Cuando Wojtyla accedió al papado en 1978, Maciel ya era pederasta. Ya había tenido relaciones con mujeres; ya sufría una adicción a los opiáceos y llevaba décadas de manejos económicos. Controlaba con mano férrea a sus chicos presos en su particular voto de silencio; era señor de mentes y haciendas en la Legión de Cristo. Pero todo su poder poco tenía que ver con lo que conseguiría de la mano del nuevo pontífice. En 1978, la Legión de Cristo era apenas una congregación profundamente conservadora creada por un ambicioso sacerdote mexicano, que aún no tenía aprobadas sus Constituciones, secretista, poderosa en México y con presencia entre las élites reaccionarias de España, Italia, Irlanda y EE UU. Con Juan Pablo II, Marcial Maciel conseguiría una influencia que nunca pudo imaginar.
Y más aún arrastrando su oscuro pasado del que nadie al parecer se percató. Maciel era un genio como recaudador, sus seminarios estaban llenos y presumía de no ir ni un paso atrás ni delante del Papa. Y, por si fuera poco, apoyaba económicamente a Solidaridad, el sindicato católico creado en Polonia en 1980 y dirigido por Lech Walesa que estaba minando los cimientos del régimen comunista de parte del nuevo Papa.
Durante el papado de Wojtyla, la Legión sería la congregación católica de mayor crecimiento. Cuando Wojtyla llegó al Vaticano, contaba con 100 sacerdotes. A su muerte tenía 800 y más de 2.000 seminaristas repartidos en 124 casas por todo el mundo. Universidades en México, Chile, Italia y España; facultades de Teología, Filosofía y Bioética. Más de 130.000 alumnos. Y 20.000 empleados en su grupo económico Integer. La cifra que más se ha repetido sobre el valor de los activos de la Legión en los últimos años es de 25.000 millones de euros.
Después de un Papa de dudas como Pablo VI, llegó en 1978 Karol Wojtyla, un Papa de certezas. Procedente de la siempre fiel Polonia. Como México. Un catolicismo de resistencia. Ese era el proyecto que ofrecía el nuevo Papa en un tiempo de incertidumbres. Para su batalla, necesitaba un ejército incondicional. Ya no le valían los franciscanos, dominicos o jesuitas. Estaban demasiado comprometidos con los pobres. Fronterizos con el marxismo. Enemistados con los poderosos. Wojtyla encontró sus nuevos reclutas en el Opus, los Kikos, Lumen Dei, los carismáticos, Comunión y Liberación, Schoenstatt, San Egidio y en la Legión de Cristo. Juntos se montaron en la máquina del tiempo y rebobinaron hasta los años cincuenta. Hasta una Iglesia con un poder centralizado, sin lugar para la disidencia. Y decidieron que esa era la Iglesia de fin de siglo; la que tenía que reevangelizar el planeta. Maciel sería uno de los mariscales de campo.
Sus trayectorias eran casi gemelas. Habían nacido en 1920, con dos meses de diferencia, en el seno de familias conservadoras, rurales y de clase media. Criados en un catolicismo piadoso, vigoroso, excluyente, muy de resistencia política y unido al sentimiento nacional de México y Polonia. Vivirían momentos de opresión religiosa durante su niñez que les educaría en un catolicismo de batalla. Las madres de ambos, Emilia y Maurita, serían el amor de su vida; la clave de su adoctrinamiento religioso, su modelo. Las mujeres tenían que ser para ellos madres y esposas. Y transmisoras del catecismo. Como sus madres.
Según Maciel en su libro Mi vida es Cristo, Juan Pablo II y él se conocieron en enero de 1979, dos meses después de que Wojtyla fuera elegido sucesor de san Pedro. Al nuevo Papa se le metió en la cabeza que su primer acto de masas fuera de Italia tenía que ser en México, un país con más de 80 millones de católicos en las puertas de EE UU y la Centroamérica de la Teología de la Liberación. Había que arrebatar América a las garras del comunismo.
En enero de 1979, Wojtyla estaba decidido a realizar ese viaje. Pero el Gobierno mexicano no lo tenía tan claro. México y la Santa Sede no mantenían relaciones diplomáticas. México era un Estado profundamente laico con una constitución anticlerical. Pero a la vez contaba con un catolicismo muy emocional, de sangre. Su legislación implicaba que en el caso de que Juan Pablo II visitara México, no lo podría hacer como jefe de Estado, sino como un “turista ilustre”; no sería invitado oficialmente por el presidente José López Portillo. No podría celebrar la misa en espacios abiertos. Con su apuesta de visitar México, Wojtyla se la jugaba. Justo al comienzo de su pontificado.
En esto apareció Maciel. Dentro de la red de amistades que el fundador de los legionarios había tejido en México estaban Rosario Pacheco y Margarita y Alicia López Portillo. Católicas, ricas y madre y hermanas del presidente mexicano, José López Portillo. Maciel era el confesor de doña Rosario. Habló con ellas. Y ellas con el presidente. Se obró el milagro. López Portillo invitaría al Papa y le recibiría en el aeropuerto. Juan Pablo estaría autorizado a decir misa al aire libre ante cientos de miles de fieles. Y la visita sería transmitida por televisión.

Wojtyla nunca olvidaría aquel fino trabajo. A nadie en Roma le importó que corrieran los rumores contra el superior de los legionarios; que en algún rincón de la curia se escondiera un grueso dossier sobre sus andanzas. Juan Pablo II las ignoró. Y durante casi tres décadas no dejó de recompensar la lealtad de Maciel.
En los años siguientes, Wojtyla aprobaría las Constituciones de la Legión sin cambiar una coma, ordenaría en el Vaticano a 59 legionarios e invitaría a Maciel a fiscalizar varios sínodos de obispos en Europa y Latinoamérica. Favoreció la creación de la universidad pontificia de los legionarios en Roma y la implantación de la congregación en Chile. Y llegó a definir a Maciel como “guía eficaz para la juventud”.
Y cuando las cosas se comenzaron a poner mal para Maciel tras la publicación en The Hartford Courant de las primeras denuncias por abusos sexuales, en febrero de 1997, el Papa hizo oídos sordos. En uno de los últimos actos de la Legión que presidió al final de su vida, Wojtyla aún homenajearía a los miembros de la Legión de Cristo elevando la voz y sobreponiéndose a su enorme debilidad: “Se nota, se siente, los legionarios están presentes”.
Cuando el obispo mexicano Carlos Talavera entregó en 1999 una carta al cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y hoy Papa, que detallaba los abusos de Maciel sobre el ex sacerdote legionario Juan Manuel Fernández Amenábar, la respuesta de Ratzinger fue concluyente, según declaró después ese mismo obispo: “Lamentablemente, no podemos abrir el caso del padre Maciel porque es una persona muy querida del santo padre, ha ayudado mucho a la Iglesia y lo considero un asunto muy delicado”.
Tendría que morir Juan Pablo II en abril de 2005 para que el affaire Maciel se reactivase. Y ya nada podría salvarle de la condena. El fuego eterno lo tenía asegurado.
(*):  Autor del libro La confesión. Las extrañas andanzas de Marcial Maciel y otros misterios de la Legión de Cristo (Debate).
Extraido de El País
Título Original: El Aliado Oscuro de Juan Pablo II

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¿Mapuche o Mapache?: Contra el Genocidio Estadístico del Censo 2012

por Pedro Cayuqueo
Cada vez que escribo “mapuche” en Word, el corrector automático de ortografía me pregunta si tal vez no quise escribir “mapache”. Y no me deja tranquilo hasta que seleccionó la opción “Omitir”, porque por más que “Agrego al diccionario” la opción correcta, un complot microsoftniano anti-mapuche la hace desaparecer al instante. Y tan solo minutos después, dale Word con el “mapache”.
Algo por el estilo es lo que pretende hacer el INE, Instituto Nacional de Estadísticas, con nuestro pueblo en el próximo Censo 2012. Específicamente en lo que se refiere a la “adscripción étnica” de los encuestados. Si bien el INE se encuentra promocionando una Consulta Nacional para recibir “sugerencias” respecto del tenor de las preguntas censales – en cumplimiento a regañadientes del Convenio 169-, lo cierto es que ya pareciera estar claro el derrotero de la principal. Así se desprende al menos de la propuesta del gobierno.
“Pregunta 22. ¿A cuál de los siguientes pueblos indígenas pertenece?. 1.1 Mapuche. 1.2 Pehuenche. 1.3 Lafkenche. 1.4 Huilliche. 1.5 Huilliche – Chilote. 2. Aimara. 3. Rapa Nui o Pascuense. 4. Atacameño. 5. Quechua. 6. Colla. 7. Diaguita. 8. Kawashkar. 9. Yámana o Yagán. 10. Ninguno de los anteriores”. Nada que opinar de las opciones 2 a la 9. Sin embargo, en el caso mapuche la pregunta no puede ser calificada sino como un pésimo chiste. ¿Qué es eso de pueblo indígena “Pehuenche”, “Lafkenche”, “Huilliche”… ¡“Huilliche-Chilote”!? Para quienes, ya sea por ignorancia o por haber leído demasiado los libros de Sergio Villalobos, no lo sepan, tales denominaciones en absoluto dan cuenta de pueblos distintos del Mapuche. Hablamos de identidades territoriales, gentilicios que dan cuenta de miembros de un mismo pueblo pero que habitan en la cordillera (pehuenche), en la costa (Lafkenche) o en la zona sur (Huilliche). Es decir, denominaciones geográficas que si bien implican variaciones lingüísticas y particularidades culturales, no dejan de tener como matriz una identidad mapuche tan obvia como el merken.

¿Quién les dijo a las luminarias del INE que se trataba de pueblos indígenas diferentes al mapuche? Sospecho que nadie. Pero la oportunidad resultaba demasiado tentadora. Ya el Censo del 2002, vía pregunta igualmente capciosa, había eliminado de un plumazo más de 300 mil mapuches (Censo 1991: 932.000 mapuches / Censo 2002: 604.349 mapuches). ¿Por qué entonces no repetir y sobre todo, mejorar la fórmula? En lo personal y por qué nací en la costa de la mal llamada Araucanía, ¿debería optar el 2012 por la opción “Lafkenche”? Ridículo para mí. ¿Pero será igualmente ridículo para los miles de mapuches que viven por esos lados y que –de buena fe- pueden no captar el trasfondo político de la pregunta censal? ¿O aquellos que viven en la zona cordillerana? Mientras menos población mapuche exista, menos pesaremos en las políticas públicas y en la agenda de las élites. Esa es una verdad del porte de un buque. Y en un gobierno adicto a las encuestas y los “datos duros”, el panorama se vislumbra negrísimo.
El año 2002, tras conocerse los resultados del polémico Censo, voces mapuches denunciaron un “genocidio estadístico”. Si aquello fue un genocidio, lo que se viene bien puede ser catalogado como un “holocausto”. Ojo. Aun estamos a tiempo. ¿Por qué no salir al paso convocando a una “Campaña Virtual de Autoafirmación Mapuche”? Dicen que Twitter ha derribado gobiernos en Medio Oriente y expulsado Intendentas y Ministras en Chile. ¿Cómo no va a ser capaz de detener el holocausto censal que se nos viene como Katrina? Todos invitados. Mapuches, chilenos mestizos, caras pálidas y no tan pálidas, europeos residentes engrupidos con “Danza con Lobos”, hermanos peruanos emigrantes, también los mapaches, por cierto. Todos a Twittear para el Censo 2012, #yotambiensoymapuche.
Extraido de The Clinic

La Desigualdad es Adrede

Estado "Benefactor"

por Palomo

¿Por qué a Edmundo Varas se le Perdona Todo?

por Juan Oyanedel (*)
Cuentan en los pasillos de Canal 13 que a Edmundo lo descubrieron cuando prestaba su voz para el comercial del perro de Lipigas. Eso es mentira. El muchacho llegó en el Transantiago desde San Ramón, como todos hizo la fila para el casting de Amor Ciego, y salió elegido gracias a su infinito talento para victimizarse y cumplir el rol de niño pobre.

Chico humilde hasta la médula, su pobreza en vez de jugarle en contra fue el gran fundamento para que los productores del dating show lo eligieran para formar parte de un grupo de galanes variopinto y lastimoso. Tener en pantalla a un personaje como Edmundo representa per se la adhesión al monopólico discurso de la inclusión, la tolerancia, la lucha contra el clasismo, la igualdad de oportunidades y otras vainas sagradas.

La inopia es el arma con que Edmundo enfrenta al mundo. El éxito de la víctima, la famosa estrategia del “pobrecito”, dar lástima hasta que el otro sienta pena, misericordia y termine cediendo. Así se ganó un espacio y se hizo notar en ese zoológico televisivo. La penuria fue su bandera de lucha, precariedad reflejada en su lenguaje y sus modales, que terminaba indefectiblemente en pataletas de cabro chico, bravatas de quiltro rabioso y salidas de madre propias del “choro de la pobla”, todas perdonadas luego de la calentura. A Edmundo se le perdona todo, porque proviene de un entorno duro, donde sólo sobreviven los más fuertes o los más pillos.

Edmundo juega siempre de chico a grande, desde ese contrapicado inspira lo mismo que un perrito callejero abandonado. Así le robó un beso frío a la Cari, musa arpía y calculadora, rubia teñida que representa la aspiración que tienen los pobres, los oprimidos y marginados de someter alguna vez a la clase dominante. Lo hacen los negros, o mejor dicho los afroamericanos, en Estados Unidos cuando triunfan en el hip hop o en el basketball y luego se pasean delante de los medios de comunicación abrazados con blondas voluptuosas.


Edmundo logró su premio oxigenado gracias a la fama conseguida en un reality. Antes lo intentó jugando al fútbol, pero su brillante carrera en equipos como Estrella de Chile, Deportes Quilicura y Hosanna no alcanzó para llamar la atención de ninguna chiquilla farandulera. En honor a la verdad, ni siquiera las vecinas del barrio le daban pelota y el rey de los berrinches no era más que el hermano mayor del Wladi (otra figura notable) quien acaparaba toda la atención de las vecinas por su porte y su estampa.

Hasta que llegó su momento. Edmundo luego se convirtió en estrella, dejó de calentar la banca de la vida y fue titular indiscutido de cuanto pasquín existe en el país. Las mismas niñas, más otras oportunistas, que lo despreciaron por chico, feo, mamón y voz de pito repentinamente encontraron en él a todo un galán romántico, tierno y tincudo. Hay quienes, incluso, se atrevieron a decir que cantaba bonito.

Así son los quince minutos de fama. El chico Edmundo fue paciente y hoy encarna mejor que nadie el sueño del pibe. Como buen ídolo ya ha tenido sus problemillas con la justicia, el alcohol y las drogas. Flor de ejemplo de resiliencia, definida por la psicología como la capacidad del ser humano de sobreponerse a las dificultades de su entorno.
(*): periodista
Titulo Original: Los 15 minutos de Edmundo Varas
Extraido de THE CLINIC

Disney WAR

http://www.amorhumor.com/Humorgrafico/humorgraficopolitica1.htm

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