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Marcial Maciel: El Aliado Oscuro de Juan Pablo II

por Jesús Rodríguez (*)

Maciel, fundador de los Legionarios, ya era pederasta cuando el polaco llegó a papa. Ambos se apoyaron entre sí y compartieron una visión de la Iglesia.

“Y a usted, padre, ¿cuándo le vino la idea de crear la Legión?”, le preguntó Juan Pablo II a Marcial Maciel la primera vez que cenaron juntos en el comedor privado del Santo Padre. La respuesta de Maciel fue inmediata: “Santidad, a los 15 años ya tenía claro que quería crear una congregación de sacerdotes para instaurar el reino de Cristo en la sociedad”. El Papa reflexionó y continuó: “Pues sabe usted, padre Maciel, yo a los 15 años aún no había sido ordenado y no se me pasaba por la cabeza llegar a ser Papa”. Según un religioso que presenció la conversación, tras esa frase del Papa los dos rompieron a reír. El Papa siempre admiró a Maciel esa seguridad absoluta que tenía en su misión. Sabía que iba ser de una fidelidad absoluta.

Cuando Wojtyla accedió al papado en 1978, Maciel ya era pederasta. Ya había tenido relaciones con mujeres; ya sufría una adicción a los opiáceos y llevaba décadas de manejos económicos. Controlaba con mano férrea a sus chicos presos en su particular voto de silencio; era señor de mentes y haciendas en la Legión de Cristo. Pero todo su poder poco tenía que ver con lo que conseguiría de la mano del nuevo pontífice. En 1978, la Legión de Cristo era apenas una congregación profundamente conservadora creada por un ambicioso sacerdote mexicano, que aún no tenía aprobadas sus Constituciones, secretista, poderosa en México y con presencia entre las élites reaccionarias de España, Italia, Irlanda y EE UU. Con Juan Pablo II, Marcial Maciel conseguiría una influencia que nunca pudo imaginar.
Y más aún arrastrando su oscuro pasado del que nadie al parecer se percató. Maciel era un genio como recaudador, sus seminarios estaban llenos y presumía de no ir ni un paso atrás ni delante del Papa. Y, por si fuera poco, apoyaba económicamente a Solidaridad, el sindicato católico creado en Polonia en 1980 y dirigido por Lech Walesa que estaba minando los cimientos del régimen comunista de parte del nuevo Papa.
Durante el papado de Wojtyla, la Legión sería la congregación católica de mayor crecimiento. Cuando Wojtyla llegó al Vaticano, contaba con 100 sacerdotes. A su muerte tenía 800 y más de 2.000 seminaristas repartidos en 124 casas por todo el mundo. Universidades en México, Chile, Italia y España; facultades de Teología, Filosofía y Bioética. Más de 130.000 alumnos. Y 20.000 empleados en su grupo económico Integer. La cifra que más se ha repetido sobre el valor de los activos de la Legión en los últimos años es de 25.000 millones de euros.
Después de un Papa de dudas como Pablo VI, llegó en 1978 Karol Wojtyla, un Papa de certezas. Procedente de la siempre fiel Polonia. Como México. Un catolicismo de resistencia. Ese era el proyecto que ofrecía el nuevo Papa en un tiempo de incertidumbres. Para su batalla, necesitaba un ejército incondicional. Ya no le valían los franciscanos, dominicos o jesuitas. Estaban demasiado comprometidos con los pobres. Fronterizos con el marxismo. Enemistados con los poderosos. Wojtyla encontró sus nuevos reclutas en el Opus, los Kikos, Lumen Dei, los carismáticos, Comunión y Liberación, Schoenstatt, San Egidio y en la Legión de Cristo. Juntos se montaron en la máquina del tiempo y rebobinaron hasta los años cincuenta. Hasta una Iglesia con un poder centralizado, sin lugar para la disidencia. Y decidieron que esa era la Iglesia de fin de siglo; la que tenía que reevangelizar el planeta. Maciel sería uno de los mariscales de campo.
Sus trayectorias eran casi gemelas. Habían nacido en 1920, con dos meses de diferencia, en el seno de familias conservadoras, rurales y de clase media. Criados en un catolicismo piadoso, vigoroso, excluyente, muy de resistencia política y unido al sentimiento nacional de México y Polonia. Vivirían momentos de opresión religiosa durante su niñez que les educaría en un catolicismo de batalla. Las madres de ambos, Emilia y Maurita, serían el amor de su vida; la clave de su adoctrinamiento religioso, su modelo. Las mujeres tenían que ser para ellos madres y esposas. Y transmisoras del catecismo. Como sus madres.
Según Maciel en su libro Mi vida es Cristo, Juan Pablo II y él se conocieron en enero de 1979, dos meses después de que Wojtyla fuera elegido sucesor de san Pedro. Al nuevo Papa se le metió en la cabeza que su primer acto de masas fuera de Italia tenía que ser en México, un país con más de 80 millones de católicos en las puertas de EE UU y la Centroamérica de la Teología de la Liberación. Había que arrebatar América a las garras del comunismo.
En enero de 1979, Wojtyla estaba decidido a realizar ese viaje. Pero el Gobierno mexicano no lo tenía tan claro. México y la Santa Sede no mantenían relaciones diplomáticas. México era un Estado profundamente laico con una constitución anticlerical. Pero a la vez contaba con un catolicismo muy emocional, de sangre. Su legislación implicaba que en el caso de que Juan Pablo II visitara México, no lo podría hacer como jefe de Estado, sino como un “turista ilustre”; no sería invitado oficialmente por el presidente José López Portillo. No podría celebrar la misa en espacios abiertos. Con su apuesta de visitar México, Wojtyla se la jugaba. Justo al comienzo de su pontificado.
En esto apareció Maciel. Dentro de la red de amistades que el fundador de los legionarios había tejido en México estaban Rosario Pacheco y Margarita y Alicia López Portillo. Católicas, ricas y madre y hermanas del presidente mexicano, José López Portillo. Maciel era el confesor de doña Rosario. Habló con ellas. Y ellas con el presidente. Se obró el milagro. López Portillo invitaría al Papa y le recibiría en el aeropuerto. Juan Pablo estaría autorizado a decir misa al aire libre ante cientos de miles de fieles. Y la visita sería transmitida por televisión.

Wojtyla nunca olvidaría aquel fino trabajo. A nadie en Roma le importó que corrieran los rumores contra el superior de los legionarios; que en algún rincón de la curia se escondiera un grueso dossier sobre sus andanzas. Juan Pablo II las ignoró. Y durante casi tres décadas no dejó de recompensar la lealtad de Maciel.
En los años siguientes, Wojtyla aprobaría las Constituciones de la Legión sin cambiar una coma, ordenaría en el Vaticano a 59 legionarios e invitaría a Maciel a fiscalizar varios sínodos de obispos en Europa y Latinoamérica. Favoreció la creación de la universidad pontificia de los legionarios en Roma y la implantación de la congregación en Chile. Y llegó a definir a Maciel como “guía eficaz para la juventud”.
Y cuando las cosas se comenzaron a poner mal para Maciel tras la publicación en The Hartford Courant de las primeras denuncias por abusos sexuales, en febrero de 1997, el Papa hizo oídos sordos. En uno de los últimos actos de la Legión que presidió al final de su vida, Wojtyla aún homenajearía a los miembros de la Legión de Cristo elevando la voz y sobreponiéndose a su enorme debilidad: “Se nota, se siente, los legionarios están presentes”.
Cuando el obispo mexicano Carlos Talavera entregó en 1999 una carta al cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y hoy Papa, que detallaba los abusos de Maciel sobre el ex sacerdote legionario Juan Manuel Fernández Amenábar, la respuesta de Ratzinger fue concluyente, según declaró después ese mismo obispo: “Lamentablemente, no podemos abrir el caso del padre Maciel porque es una persona muy querida del santo padre, ha ayudado mucho a la Iglesia y lo considero un asunto muy delicado”.
Tendría que morir Juan Pablo II en abril de 2005 para que el affaire Maciel se reactivase. Y ya nada podría salvarle de la condena. El fuego eterno lo tenía asegurado.
(*):  Autor del libro La confesión. Las extrañas andanzas de Marcial Maciel y otros misterios de la Legión de Cristo (Debate).
Extraido de El País
Título Original: El Aliado Oscuro de Juan Pablo II
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Aborto Terapéutico: Un derecho, una opción legal y gratuita.

por Wilson Fonseca Cádiz 
Seguramente este es uno de los temas más polémicos en que se ha visto enfrentado el Gobierno este ultimo tiempo. La sola idea de despenalizar, revolucionó a los sectores más conservadores, quienes inmediatamente (en su mayoría) se opusieron a la idea y dio pie a que la Iglesia Católica lo nombrara como la “nueva amenaza legal”.
Actualmente, una mujer que tiene un embarazo inviable, no puede practicarse este procedimiento – al menos – de forma legal y gratuita.
Desde mi punto de vista, una mujer es libre de decidir que hacer con su cuerpo y lo que le pueda afectar, como por ejemplo, cargar con un feto que no vivirá o pone en riesgo su vida y creo que el aborto terapéutico en Chile no solo debe ser legal, sino que también accesible a toda mujer que lo necesite.
Este tema me recuerda mucho al caso de una niña de India que nació con 8 extremidades, que por creencias religiosas muchos se opusieron a que se interviniera, a pesar que el objetivo era sólo mejorar su calidad de vida y desarrollo.
Pienso que en Chile no es posible que la moral, creencias y ética de unas personas decidan por otros. Por ejemplo, si en el país el aborto terapéutico no solo fuera legal, sino que también obligación  y se considerara el peligro para la madre, ¿qué ocurriría?. Muchos apelarían a su derecho a elegir, a correr el riesgo, a que sus creencias o su moral fuesen respetadas y le dejaran tomar la opción de decidir. Sin embargo, como no es legal,  poco se piensa en esa mujer que quiere abortar ese feto sin posibilidad de vida, poco se piensa en su salud, por su familia, su sanidad mental o por lo que ella considere factor suficiente.
Pienso que este debe ser un derecho, legal y gratuito. Al que cada mujer decida optar. No que se obligue a una mujer a practicarlo si ella no quiere, respetar su decisión y que sea una opción a la que se pueda acceder sin miedo, sin que sea en una sala oscura y escondida, sin tener que pagar una fuerte suma de dinero, sin tener que soportar las miradas suspicaces de quienes lo desaprueban.
Ahora, esperemos que nuestros representantes sean capaces de legislar sobre este tema, de legislar de manera justa. No sólo pensando en ellos, sino en los demás, pensando en esa mujer que ayer termino la primera etapa de este camino, pensar en Claudia Pizarro quien debió esperar a dar a luz solamente para sufrir viendo nacer su hijo que falleció luego. A pensar en la sanidad mental y física de las mujeres que actualmente lo necesitan y no tienen los medios para hacerlo, que no quieren ser miradas como un animal sin sentimientos. Mujeres que tienen una familia, que tienen mas hijos a los cuales cuidar. En definitiva, mujeres que quieren ejercer su derecho a elegir sobre ellas, por el motivo que sea.

Católicos y cacheros

Por Germán Carrasco
Si habláramos con los clichés de toda esa opinología disfrazada de sociología, con olor ni siquiera a neoliberalismo sino a pinochetismo puro y duro, anticuado, como esos pelafustanes que aparecían por entonces y que la derecha no se atreve a apoyar en público porque ya no les sirven, usaríamos la horrible y pasada de moda palabra cartucho para autodefinirnos, ya que la autodefinición es deporte nacional. Pero lo cierto es que en esta cornisa del mundo somos sobresexuados, hipersexuados, cacheros a morir.
La procesión va por dentro y hasta adentro. El neoyorkino Anthony Bourdain casi se cae de raja ante los cafés con piernas (también le llamó la atención el arribismo culinario, en La Vega dijo que cuando la gente ascendía de clase social se olvidaba de su comida de verdad, se reprimen pero en el fondo se mueren de ganas por comer uno de esos platos calientes, dijo Bourdain, pero ese es otro tema). “Somos cacheros como Dios manda”, dice Juan Cameron en un poema circunstancial. Y eso se lo debemos a la iglesia católica que cifra, que esconde y cuya represión es el combustible más efectivo para el erotismo, tiro por la culata que del que le deberíamos estar agradecidos.
“La Santísima Trinidad y la Pornografía” dice magistralmente la dedicatoria de uno de nuestros grandes poetas. Después de todo, cada una de las grandes religiones históricas ha engendrado, en sus entrañas mismas, sectas, movimientos, ritos y liturgias en las que la carne y el sexo son caminos hacia la divinidad.
En el caso del catolicismo hispanoamericano yo iría más lejos aún y diría que todo el doble sentido, ese juego de palabras latino que esconde una broma sexual y que los mexicanos llaman albur, esa cosa picaresca y medio de mal gusto o de viejo verde, la productiva, obsoleta y famosilla antipoesía y hasta el lenguaje de este insigne y boicoteado pasquín(1), tienen de alguna manera que ver con eso: con nuestra herencia católica. Más claro echarle cloro: al reprimir y cifrar, la iglesia erotiza. Puro sexo. Lean algunos versos de Santa Teresa de Ávila que suelen ser usados por estudiantes de literatura en moteles parejeros:
Soy tuya, para ti nací
¿Qué quieres hacer conmigo?
Haz conmigo lo que sea.
Qué mandas, pues, buen señor
Que haga tan vil criada”.
Lo que más le molesta y duele al mundo católico es cuando se apropian de su espiritualidad, de sus escrituras, por ejemplo de la poesía de los místicos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, de quienes hay unas estatuas en la iglesia gótica de Carmelas Descalzas que es el portal de la calle Independencia (al frente de lo que hoy es la PDI y de lo que en algún momento fue la brígida -lo pondremos en minúsculas- central nacional de informaciones), por si alguien quiere visitarlos un día, ojalá sin fieles, porque con fieles es insoportable, yo no soporto su manera de vestirse, sus voces metálicas, sus miradas torvas, sus caras cobardonas.
Entonces, un secreto para los anticlericales: peguen donde duele. Le molesta más a los sectores reaccionarios de la iglesia que leamos a Sor Juana Inés de la Cruz y sus sonetos que son una verdadera cosquilla en el alma y que fueron el modelo desde el que Neruda sampleara los cien sonetos de amor cuando era flaco y pasaba hambre, Neruda en el mismo sector del que estamos hablando y que es hoy un barrio peruano. Calle Maruri, Borgoño, hoy un gueto peruano con alguna buena cevichería y la inmigración que revitalizó el sector, pero que también tiene su lado desagradable: cumbias a todo trapo en pleno domingo que pueden convertir los matices rojos del crepusculario en un infierno. Una vez vi a un pata dándole cerveza a un niño de dos años. Lo reté y lo asusté tanto que no creo que nuevamente vuelva a hacer la misma gracia. Al frente de ese bar peruano hay unos monjes (adoradores del santo cordero o algo así) con unos hábitos muy extraños. La entrada a Independencia son estos dos templos católicos.
Giani Vattimo y Simone Weil son mucho más incómodos para la iglesia que una broma, una chuchadita. El anticlericalismo de chistorete solo hace reaccionar a los grupos de católicos más fanáticos y coincidentemente los más estúpidos. Con Vattimo la crítica se realiza desde dentro de la ideología cuestionada, no para arrancarla de raíz, sino para limpiarla de los malos entendidos de una teología tendenciosa. La procesión va por dentro. Por su parte, Weil, en el interior de un cristianismo arcano, intenta dolorosamente una reconciliación de este proyecto religioso con las certezas de una modernidad en avanzado estado de rebelión anticlerical. Lo que les molesta de verdad a los católicos ultrones –los ideológicos, los con dos dedos de frente, los de temer– es que les disputen su propio legado, sus propias creencias –que son de alguna manera las nuestras, ya que aunque nos digamos ateos, agnósticos, panteístas, hinduístas o lo que sea, el cristianismo está como un tatuaje indeleble en alguna parte recóndita de nuestro disco duro–. Aunque leamos a DH Lawrence y pensemos que debe haber una religiosidad voluptuosa, corporal, solar. Alguna vez conversando con Zurita llegamos a la conclusión de que la poesía era en el fondo disfrazar la religiosidad.
En algún número anterior de este refrescante pasquín aparecía un “poeta”  confesando que se masturbaba y preguntándole de manera bastante ofensiva a una cocinera si lo hacía, a lo cual ella le dijo que ni el tiempo ni el cansancio del trabajo se lo permitían. Luego la pobre señora entró en el juego de este personaje en una situación de humillación comparable a la del gran Zalo mascando una cebolla. ¿A quién podría interesarle que un viejo pelado y panzón, que se hizo bastante el huevón durante la dictadura –pero que sale en la foto levantando el puño– y que criticó siempre al mundo progresista, se masturbe? A nadie. A veces, este personaje salía hablando en los artículos de otro periódico de sus recuerdos en el Grange, las historias de tal curita buena onda que les hacía clases (¡y hasta jugaba fútbol!) y de otro anecdotario carente de interés yo creo que hasta para los que fueron sus compañeros de curso. Este personaje carece completamente de interés, pero lo que sí es interesante y sintomático es cómo saltó desde un libro anterior dedicado nada menos que a la Virgen María a este asunto de la masturbación (la paja, por lo demás, es una cosa personal que no escandaliza a ninguna persona racional y madura). No es raro el salto tan brusco de esta especie de Miguel Piñera que es Pohlhammer. He observado que la gente católica tiene una fascinación enorme por epatar con el lenguaje soez: lo saborean, es como que sublimaran, contrarrestaran en ese lenguaje todo lo que no pueden hacer, o quieren hacer, y ya sabemos cuán lejos pueden llegar algunos degeneretes, hasta el grado del delito y la aberración. Si la sensualidad y la belleza del cuerpo, incluso del cuerpo infantil, no se esconden, si es natural que el niño o niña se bañe con papá o mamá desnudos, nada retorcido puede ocurrir. ¿Han visto a un obrero sin polera abrazar y juguetear con su hija en algún parque?
En una iluminadora carta, una verdadera clase de teología, Herbert George Wells reta a Joyce de la siguiente manera: “Su educación ha sido católica, irlandesa e insurgente; la mía ha sido científica, constructiva e inglesa. Mi estructura mental presupone un mundo en que es posible un gran proceso unificador y de concentración de fuerzas, un progreso. Ud. como católico, comenzó con un sistema de valores opuesto a la realidad. Su existencia mental está obsesionada con un monstruoso sistema de contradicciones. Debido a que Ud. cree en la castidad y en la pureza, frecuentemente estalla en exclamaciones como concha, mierda, infierno. Como yo no creo en esas cosas excepto como valores muy personales, mi mente nunca se ha visto sobresaltada o escandalizada como para tener que protestar por retretes y toallas higiénicas como tampoco por desgracias inmerecidas”.
El catolicismo le lleva cochinaditas, nos hace sobresexuados, el albur mexicano, la antipoesía, este pasquín, todos nosotros en algún momento practicamos ese deporte. No puedo dejar de seguir pensando en Joyce, cuyas cartas a Nora Barnacle son perfectas para leer en buena compañía, cuando las lámparas rojas de un motel equivalen a los vitrales de una iglesia, como coinciden la degradación de la amada hasta su exaltación más sublime. Aquí unos fragmentos:
-“Ninguna palabra es lo suficientemente tierna para tu nombre. Beso el milagroso hoyuelo de tu cuello. Tu Hermano Cristiano en la lujuria”,
-“En virtud de los apostólicos poderes investidos en mí por su Santidad el Papa Pío Décimo, por la presente te doy permiso para venir sin calzones para recibir la Bendición Papal que estaré encantado de proporcionarte. Tuyo en el Judío Agonizante”,
-“La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia mí, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pico está todavía tieso, caliente y estremecido tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros.
(1) Extraido de THE CLINIC

Habla primer investigador eclesiástico de Karadima: “El caso me daba asco”

por CIPER Chile

El sacerdote Eliseo Escudero comenzó a investigar los abusos sexuales de los que se acusa a Karadima en mayo de 2004 por orden del Arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz. Y continuó con el caso hasta 2006 cuando terminó su periodo como promotor. Algunos lo responsabilizan a él de la demora que tuvo la investigación eclesiástica. Escudero habla por primera vez para aclarar: “Yo hice todo lo que estaba en mi poder… quienes debieron hacer el resto no lo hicieron”. Otros dos sacerdotes que conocen del juicio canónico aseguran a CIPER que el Cardenal Errázuriz tuvo antecedentes fidedignos desde 2003. Uno de ellos, Juan Díaz, no encuentra explicación para su tardanza en actuar.
Como el primer presidente del Tribunal Eclesiástico de Santiago, el sacerdote español Eliseo Escudero tiene una larga experiencia en las complejidades del sistema de justicia de la iglesia católica. Durante 30 años ejerció como juez viendo casos de nulidad matrimonial en el Tribunal Eclesiástico de segunda instancia. Ejercía como promotor de justicia cuando la mujer y la madre del doctor James Hamilton se acercaron
al Arzobispado para denunciar los abusos y manipulaciones que el entonces párroco de la Iglesia de El Bosque, Fernando Karadima, había ejercido sobre él por cerca de dos décadas. Pese a que las indagaciones de Escudero apuntaban a que las acusaciones eran verídicas, el escándalo que se incubaba permanecería en secreto por otros seis años.
-¿Cuándo conoció por primera vez las denuncias contra el sacerdote Karadima?
El caso me fue encomendado en mayo del 2004. Y quiero remarcar que desde entonces nunca he hablado del tema a no ser con mis superiores. Incluso viví varios años con una persona muy cercana del círculo de Karadima y él se enteró primero por la prensa y no por mí (Escudero se refiere a que vivía en con el sacerdote Samuel Fernández, muy cercano a Karadima y que asumió junto con Fernando Vives en la dirección de la Unión Sacerdotal cuando fue sacado recientemente de ahí el obispo Andrés Arteaga). Nunca quise hablar de este caso, para que nadie pensara que me estaba defendiendo de cosas que debería haber hecho y no hice. Pero yo le digo que si en este caso hubo negligencia u omisión no será por mi culpa, ya que cumplí paso a paso con cada punto de lo que se me había encomendado. Desde mi primera diligencia hasta la última que hice, justo en la víspera de dejar mi cargo, tomé el caso con toda la seriedad que se merecía. Y todas las veces hice mi informe incluyendo algo que ni siquiera estaba en mis atribuciones: explicitar mi parecer.

“Si en este caso hubo negligencia u omisión no será por mi culpa”
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“Mi sorpresa vino cuando me enteré que el cardenal no le mencionó a Karadima las acusaciones que había en su contra. Solo le dijo que le pedía que renunciara a El Bosque porque ya había hecho mucho y debía cuidarse”. (Eliseo Escudero)

-¿Por qué incluía su opinión?
Porque es más difícil juzgar un hecho por la lectura, que lo que me tocaba a mí, que fue conocer a los actores de los hechos que se relataban. Tener a la persona frente a frente, ver sus reacciones, contra preguntarle, eso te da una certeza y un conocimiento de los hechos que no te lo da una lectura.
-¿Cuál fue el primer testimonio que recibió?
A mí me nombran encargado de esta investigación en mayo de 2004. Me nombró el mismo cardenal Francisco Javier Errázuriz. Mi primera acción fue recibir a unos familiares de James Hamilton que venían a relatar unos hechos de los cuales eran más bien testigos, no actores. Yo escuché sus testimonios, hice las preguntas que creí convenientes y les dije que iba a hacer un informe y presentarlo al cardenal. Pero les dije también que creía que quien debería hacer esta denuncia era el mismo James Hamilton, ya que él era el actor.
-¿Qué opinión entregó usted sobre estos testimonios?
Por los detalles que estaban relatados, era muy verosímil, pero la prudencia mandaba a esperar y escuchar al actor o bien algún otro testimonio que pudiera aparecer sobre el mismo caso. Y ese nuevo testimonio apareció el 4 de noviembre de 2005, cuando recibí una carta que me entregaron, la cual venía firmada por su relator (José Murillo). También estaba firmada, confirmado la veracidad de la carta, por el obispo Ezzati si no recuerdo mal. Él le daba credibilidad a la firma de la carta. Al leerla, una vez más me dio la impresión de que estábamos frente a hechos que tenían fundamento. Así que por segunda vez hice mi informe y aparte de incluir mi parecer sobre la veracidad que me daban los hechos relatados, escribí que en caso de tomarse la acción de sacar al sacerdote Fernando Karadima de la parroquia El Bosque, se debería hacer antes una auditoría de las platas.
-¿Por qué era necesaria esa investigación?
Por los relatos me di cuenta que se estaba frente a un caso en el que a los abusos sexuales se agregaba mucho desorden de platas, en cuyo uso claramente estaban involucrados víctimas y victimarios. Me refiero a que eran platas que se usaban, por ejemplo, para viajes a Estados Unidos, Europa, donde los propios acusadores habían sido beneficiados, invitados a estos viajes que ellos no podían pagarse. A mí me parecía que se debía tomar muy seriamente este problema. Por esta razón yo recomendé: “En caso que se tome la decisión de sacar al sacerdote involucrado en estos hechos -que a mí me parecían muy creíbles- se debe hacer una auditoría muy seria del uso de las platas de la parroquia y el uso que se dio a estas en favor de estos hechos”.

“Me di cuenta que se estaba frente a un caso en el que a los abusos sexuales se agregaba mucho desorden de platas … se usaban en viajes a EEUU, a Europa, donde los propios acusadores habían sido invitados a hacer viajes que ellos en esos momentos no podían pagarse”. (Eliseo Escudero)

-¿Qué ocurrió luego?
Una vez entregado este informe, pasaron solo un par de meses y en enero de 2006 llega James Hamilton diciendo que quería hacerme su declaración. En ese entonces Hamilton no sabía aún que José Murillo ya había estado aquí. En derecho se dice: “Unus testis, nullos testis”, un testimonio es un testimonio nulo, pero cuando apareció Hamilton teníamos dos testimonios directos y el segundo no era una carta, era una persona que uno la tenía enfrente y contaba con tantos detalles todo lo vivido, que era imposible no creerle. Y su testimonio concordaba con los testimonios relatados en la carta recibida en noviembre.
-¿Qué impresión le dejó el testimonio de James Hamilton?
Le puedo decir que es uno de los relatos más crudos que me ha tocado escuchar. Hice un nuevo informe. Le agregué mi parecer, como lo había hecho en el informe anterior. Hasta ahí era todo lo que yo podía y debía hacer, excediendo mi función al agregar mi parecer. Poco tiempo después, tres días antes de que mi cargo como promotor expirara, fui a hablar con el cardenal y le dije que en unos días más expiraba mi cargo como promotor de justicia y que me perdonara pero yo no estaba disponible para continuar en el cargo. Y fue en la víspera de dejar el cargo, cuando llegó a mí el tercer testimonio directo: Juan Carlos Cruz. Era un testimonio un poco diferente a los anteriores. La parte de los hechos era muy similar y no dejaba dudas de que sí habían ocurrido. Pero la manera de relatar era diferente. El señor Cruz los contaba con mucha rabia. Yo entiendo la rabia de este señor ya que no es fácil exponerse contando este tipo de hechos. Lo escuché, hice mi informe y al día siguiente dejé mi cargo.
-¿Por qué usted no interrogó a Karadima después de los primeros testimonios que le parecieron tan verdaderos?
Porque esa no era mi misión. A mí no me habían dado esa atribución. Solo en el caso de que el cardenal me lo hubiera solicitado, yo lo hubiera hecho. Pero así mismo le aclaro que en ese caso me hubiera opuesto.
-¿Por qué?
Porque frente a los testimonios que había aquí no quedaba más que tomar una decisión. Y yo no podía tomar esa decisión.
-¿Qué decisión?
El cardenal tenía tres caminos: El primero era leer los informes y decir “los testimonios no me convencen”. Y tirar todo a la basura. El segundo, era llamar al acusado, escuchar sus descargos y comparar los testimonios con los descargos del acusado. Y si los descargos no le convencían, decirle “yo le pido a usted que deje su cargo en la parroquia y se retire”. El cardenal no puede sin el permiso de Roma devolverlo al estado laical, pero sí pedirle que él pida a Roma la dispensa del sacerdocio. Y el tercer camino es nombrar a tres jueces para que frente a los hechos ellos juzguen y tomen una decisión. Esa decisión podía ser resuelta por ellos siempre y cuando no se encontraran menores entre las víctimas. Porque si se encontraban menores ya es un delito y eso sí o sí debe ser informado a Roma. (Diversas fuentes consultadas por CIPER coinciden en que el caso Karadima llegó a Roma porque uno de los denunciantes, Fernando Batlle, declaró: fui abusado sexualmente y torturado psicológicamente durante toda mi preadolescencia –hasta los 19 años aproximadamente– por el sacerdote Fernando Karadima)

“Ver a James Hamilton exponerse en televisión me dio muchísima pena y dolor. Yo había hecho todo lo que estaba en mi poder para que no se llegara a esto, pero quienes debían hacer el resto no lo hicieron”.
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“No sólo hablé con el cardenal sino que comuniqué todo lo que había ocurrido a alguien superior a él, conté todo lo que yo había escuchado y cómo se había procedido”. (Eliseo Escudero)

-Como promotor entonces, cuando le tocaba investigar estos casos, ¿nunca interrogó a un sacerdote acusado de alguna conducta indebida?
En un par de ocasiones el cardenal me pidió que entrevistara a un acusado, pero eran hechos diferentes. Recuerdo a un sacerdote al que se le acusaba de tener relaciones con una mujer. Se presentaron los hechos, hice mis informes y el cardenal me pidió que entrevistara al acusado. Mi primera reacción fue decirle que creía que él debía ser quien entrevistara al acusado, pero si creía que debería hacerlo yo, lo hacía siempre y cuando me diera un mandato por escrito. Él lo hizo, y entrevisté a esta persona. Acabó fuera del sacerdocio. Ahora, en este caso, ni con mandato del cardenal hubiera entrevistado a Karadima porque el caso me daba asco. Y si el cardenal me hubiera dicho que la entrevista a Karadima la hiciera yo, le habría insistido que era él quien debía hacerla.
-Luego de que terminó su período como promotor, ¿qué ocurrió?
Fui sustituido en el cargo y unos meses después me enteré que el cardenal le había pedido la renuncia a Karadima como párroco de El Bosque. Pensé que esto era a raíz de los hechos presentados. Incluso eso fue lo que le dije a José Murillo por teléfono cuando por esos días me llamó para saber en qué estaba el caso. “Hay buenas noticias, el cardenal le pidió la renuncia a Karadima y dejó de ser párroco de El Bosque”, le dije. Mi sorpresa vino después, cuando me enteré por una persona muy ligada a Karadima, que el cardenal no mencionó en ningún momento las acusaciones que había en su contra. Solo le dijo que le pedía que renunciara a El Bosque porque él ya había hecho mucho y debía cuidarse.
Supe también que sólo mucho tiempo después de que había renunciado, el cardenal le mencionó, muy de pasada: “hay unas acusaciones en su contra rondando por ahí que no tienen mucho fundamento”.
-¿Usted nunca le dijo nada al cardenal?
Mire, no solo hablé con el cardenal, sino que comuniqué todo lo que había ocurrido en esta investigación a alguien superior al cardenal. Le conté todo lo que yo había escuchado y cómo se había procedido en este tema.
-¿Y al cardenal qué le dijo?
Nuestra conversación fue después que salió el programa Informe Especial de TVN. Yo quedé muy mal con ese programa, incluso tuve un accidente vascular. Ver a James Hamilton, quien tenía tanto pudor de dar a conocer esto, exponerse así en televisión, me dio muchísima pena y dolor. Yo había hecho todo lo que estaba en mi poder para que no se llegara a esto, pero quienes debían hacer el resto no lo hicieron. Hubo mucha omisión en este caso… Así que fui a hablar con el cardenal y le conté lo de mi accidente vascular y le dije: yo soy una víctima más de Karadima. Y en esa ocasión le pregunté por qué él no se había acercado a las víctimas. El respondió que él era juez en esta causa y por lo tanto no podía acercarse porque debía tomar distancia. Y que él tenía sus razones para no recibir a James Hamilton. Evidentemente esa respuesta no me pareció, ya que él es el pastor y si de su rebaño se le acerca una oveja herida, él tiene el deber de acogerla.

Sacerdote Juan Díaz: “Tuve la impresión de que el cardenal tomaba con seriedad la denuncia”

No solo el relato del sacerdote Eliseo Escudero abre interrogantes sobre la lentitud de la iglesia para actuar en el caso Karadima. Otros dos testimonios de sacerdotes que hablaron con CIPER apuntan a lo mismo y contradicen lo que ha dicho el cardenal Errázuriz sobre esta investigación. El 25 de abril de este año, en su carta pastoral Errázuriz se refirió al tema Karadima y aseguró que las tres primeras denuncias formales contra el cuestionado sacerdote comenzaron a llegar al Arzobispado de Santiago a partir de mayo de 2005.

“Tuve la impresión de que (el cardenal) tomaba con seriedad la denuncia. No reacciono en defensa de Karadima; por el contrario, dijo que iba a estudiar esta carta con seriedad”. (Juan Díaz)

El sacerdote jesuita Juan Díaz tiene otro recuerdo. Él afirma que supo la historia del filósofo José Murillo cuando era vicario de Educación, en 2003. A Murillo lo había conoció desde los tiempos en que éste intentaba ser sacerdote en el noviciado jesuita y Díaz era provincial de la orden. Murillo desistió de su intento en 1999, pero dice que por la amistad que trabó con Díaz y la confianza que le tiene, acudió a él cuando decidió contar su verdad.
A Díaz le refirió esencialmente la misma experiencia que luego repitió ante el fiscal Armendáriz cuando se inició la investigación judicial: toqueteos en los genitales, manipulación y un intento de masturbarlo del cual Karadima trató de hacerlo sentir culpable.
El sacerdote Díaz recuerda que se quedó impactado con el relato: “Yo nunca había escuchado cosas como esas referida a Fernando Karadima. Había escuchado cosas positivas como el carisma que tenía y cómo atraía a los jóvenes y también cosas negativas como que era manipulador, pero nada como lo que me relató José Murillo en esa oportunidad”. Y agrega: “el testimonio me pareció creíble porque conocía a la persona que me lo contaba, y lo veía afectado. Lo animé a que le escribiera una carta al arzobispo Errázuriz y me comprometí a entregársela”.
El sacerdote piensa que alrededor de un mes después de esa conversación Murillo le entregó la carta. “Los vicarios nos reuníamos semanalmente con Errázuriz y después de esa reunión le pedí unos minutos en privado. Ahí le conté que una persona que yo conocía y estimaba, José Murillo, me había relatado una serie de acusaciones que afectaban al padre Karadima. Le dije que lo que me decía Murillo me parecía creíble y después de eso le entregué la carta. Él la leyó con atención delante de mí. Se mostró sorprendido. Tuve la impresión de que tomaba con seriedad la denuncia. No reacciono en defensa de Karadima; por el contrario, dijo que iba a estudiar esta carta con seriedad.
-Fuentes eclesiásticas han sostenido que esa primera denuncia de 2003 era anónima.
-No creo que se refieran a esta carta porque yo le expliqué al cardenal quien hacía la denuncia y de qué se trataba.
-¿Recuerda si estaba firmada la carta?
-Mire, yo la leí y decía lo mismo que José Murillo me había contado a mí. No recuerdo si estaba firmada, aunque imagino que sí. En todo caso le aseguro que no me habría prestado para transmitir una denuncia anónima.
-Después de que entregó esa denuncia, ¿recibió alguna respuesta del cardenal?
-Nunca me tocó el tema de nuevo. Yo fui vicario hasta 2005 y nunca me dijo nada.

“No sé cuál puede ser la razón de que el cardenal no me haya vuelto a tocar el tema”. (Juan Díaz)

-¿Qué le parece que no le haya vuelto a hablar del tema ni haya canalizado esas denuncia hacia una investigación?
-No sé cuál puede ser la razón de que el cardenal no me haya vuelto a tocar el tema.
-¿Usted le preguntó alguna vez qué había pasado?
-¿Yo debía preguntarle?
-Con esa denuncia que a usted le pareció creíble no se inició ninguna investigación. ¿Qué explica esa actitud del cardenal?
-Sinceramente prefiero reservar en mi fuero interno mi explicación.

Sacerdote Rodrigo García: “Ezzati dijo: aquí hay una víctima y debe ser escuchada”

El testimonio del sacerdote Juan Díaz deja abierta una incógnita: ¿Qué hizo Errázuriz con la carta que le entregaron? Ni en el proceso canónico ni en la justicia civil hay registro de que él le haya dado curso a esa denuncia. De hecho, la primera acusación que recibe oficialmente el sacerdote Escudero contra Karadima es la que llega a hacer la ex esposa de Hamilton, un año después.
Consultado sobre esa carta, Murillo explica que “tiempo después de enviársela al cardenal la borré de mi computador. Me daba vergüenza, no quería que mi familia, por un error, la leyera.”
El sacerdote jesuita Rodrigo García es amigo de José Murillo desde 1997 y fue una de las primeras personas a las que éste le contó lo que había vivido en la Parroquia El Bosque. Se lo dijo alrededor del año 2002 y su relato, explica el sacerdote, fue coincidente con lo que el filosofo denunció más tarde ante la justicia: tocaciones, intento de masturbación y un largo periodo en el que fue manipulado y se lo hizo sentir culpable de esos hechos.
García dijo a CIPER que se sorprendió con el relato de Murillo y que por lo mucho que lo conocía, no tuvo dudas de que decía la verdad. Supo más tarde que había decidido denunciar estos hechos al arzobispo Errázuriz; se enteró de la carta enviada a través del entonces vicario de la Educación Juan Díaz y supo del silencio que guardó la autoridad. García dice que por ese motivo, en el segundo intento de Murillo, la denuncia fue presentada a Ricardo Ezzati, entonces obispo auxiliar de Santiago, actual arzobispo de Concepción y recién elegido presidente de la Conferencia Episcopal. García fue el emisario de la carta y recuerda que se reunió con Ezzati el 11 de abril de 2005, en la mañana.

“La reacción del arzobispo Errázuriz ante la carta anterior hizo que intentáramos buscar otro camino (…) Monseñor Ezzati nos daba confianza”. (Rodrigo García)

-¿Por qué decidieron que era mejor hablar con Ricado Ezzati?
-Porque la reacción del arzobispo Errázuriz ante la carta anterior hizo que intentáramos buscar otro camino. Queríamos que alguien distinto del cardenal supiese de la denuncia y no quedase nuevamente todo a su discreción y sin más testigos. Al mismo tiempo, hubo un acto de confianza en que la Iglesia, desde dentro, haría alguna cosa. Monseñor Ezzati nos daba confianza.
-Él dijo recientemente que lo que recibió de usted fue una carta anónima, pero que le dio crédito porque la persona que se la llevaba era un sacerdote jesuita. ¿Por qué fue anónima la denuncia?
-Lo que ocurrió fue lo siguiente. Yo visité a monseñor Ezzati y le expuse el caso diciéndole que se trataba de una persona que yo conocía y que me daba absoluta confianza. Fue una exposición larga y detallada. Después de recibir de mí la denuncia, recibió también la carta. Efectivamente la carta no estaba firmada porque José no quería exponer su nombre en vano otra vez. Quería saber primero si lo iban a oír. Si Ezzati decía que quería hablar con el autor de la carta, se presentaría de inmediato. Y eso fue lo que ocurrió. Entonces no se puede decir que era una denuncia anónima. Eso suena a un sobre sin remitente con un autor inubicable. La carta la estaba avalando yo. Y el denunciante se presentó de inmediato.
-¿Que dijo Ezzati cuando leyó la carta?
-Dijo casi textualmente: “aquí hay una víctima y debe ser escuchada. Dígale que venga”. Fijó una reunión que se llevó a cabo cerca de un mes después. Acompañé a José a la oficina y se reunieron solos. Recuerdo que José salió conforme, tranquilo, creyendo que había sido escuchado.
El sacerdote García agrega que fortuitamente se encontró dos veces más con Ezzati en distintas circunstancias y que el obispo, tomando la iniciativa, se le a acercó a hablarle sobre el tema. La primera vez le dijo “lo suyo está avanzado”. La segunda vez, a fines de 2005 le comentó “lo suyo está en manos del cardenal”.
Esta versión es coincidente con lo señalado por el promotor de justicia Eliseo Escudero, quien declaró que a fines de 2005 recibió una denuncia notarial que tenía la firma de Ezzati como respaldo.
Pese a todos los testimonios que ya estaban disponibles en 2005, la investigación eclesiástica que dejó Escudero al terminar su cargo, solo se retomó en septiembre de 2009, cuatro años después, cuando se designa al sacerdote Fermín Donoso Espic.

“Ezzati dijo casi textualmente: aquí hay una víctima y debe ser escuchada. Dígale que venga”. (Rodrigo García)

Así lo confirmó el sacerdote en su declaración ante el fiscal Xavier Armendáriz: “Por encargo del cardenal Errázuriz desde septiembre del año pasado me desempeño como promotor de la justicia de la iglesia para investigar posibles conductas indebidas por parte del sacerdote Fernando Karadima, causa que se inició en 2003 ó 2004, iniciada como Promotor de Justicia por el padre Eliseo Escudero, quien renunció al cargo por expirar su plazo”.
Consultado por el diario The New York Times, Errázuriz declaró que en 2003, al conocer la primera denuncia de Murillo “lamentablemente no la juzgué creíble”.
¿Hasta cuándo siguió creyendo increíbles las acusaciones el cardenal? Porque lo cierto es que desde 2006 a 2009 las instancias pertinentes del Arzobispado de Santiago no dieron señales de investigar a fondo la veracidad de las acusaciones de los cuatro profesionales y de la ex esposa de uno de ellos, a pesar de las recomendaciones de varios sacerdotes, entre ellos el propio promotor de justicia Eliseo Escudero.
Sólo el cardenal Francisco Javier Errázuriz puede responder.

CRONOLOGÍA BÁSICA

2003. José Murillo relata al sacerdote Juan Díaz -vicario de Educación del Arzobispado de Santiago- su historia de abusos como víctima de Karadima.
2003. Un mes después, Murillo le entrega una carta a Juan Díaz con su testimonio. Díaz relata que esa carta se la entregó al cardenal explicándole de quien se trataba e insistiendo en que le parecía creíble lo relatado. Hace unas semanas Errázuriz dijo al diario The New York Times que la denuncia de Murillo “lamentablemente no la juzgué creíble”. No dijo entonces que esta denuncia se la había entregado, respaldándola, su vicario de Educación.
2004, mayo. El promotor de justicia Eliseo Escudero recibe las denuncias contra Karadima presentadas por María Verónica Miranda, por entonces esposa de James Hamilton. La acompaña la madre éste. Escudero las oye por instrucciones de Errázuriz. Le envía un informe en el que juzga creíble lo relatado.
2005, 11 de abril. El sacerdote Rodrigo García se reúne con el obispo Ezzti para ponerlo al tanto de las denuncias de Murillo contra Karadima. García dice que recurrieron a Ezzati porque “queríamos que alguien distinto del cardenal supiese de la denuncia y no quedase nuevamente todo a su discreción y sin más testigos.” García le entrega a Ezzati una carta de Murillo, sin firma. Ezzati dice que quiere conocer al denunciante.
2005, mayo. Cerca de un mes después, Murillo relata personalmente su historia al obispo Ezzati. Este le pide que haga una declaración notarial de su testimonio.
2005, 4 de noviembre. El sacerdote Escudero recibe la carta de José Murillo, la cual viene con la firma Ezzati avalándola. Dice Escudero: “al leerla, me dio una vez más la impresión que estábamos frente a hechos que tenían fundamento, así que por segunda vez, hice mi informe y aparte de incluir mi parecer sobre la veracidad que me daban los hechos, puse que en caso de tomarse la acción de sacar al sacerdote Karadima de la parroquia, se debería hacer antes una auditoría”.
2006, enero. Escudero recibe la declaración de James Hamilton. El sacerdote afirma: “a partir de ese momento teníamos dos testimonios directos… Era imposible no creerle… es uno de los relatos más crudos que me ha tocado escuchar. Hice un nuevo informe, le agregué mi parecer como lo había hecho en el informe anterior. Hasta ahí era todo lo que yo podía y debía hacer.
2006. Poco después de Hamilton, Escudero recibe el tercer testimonio directo: Juan Carlos Cruz, el cual tampoco “dejaba dudas de que los hechos sí habían ocurrido”. Escudero dice que ”lo escuché, hice mi informe y al día siguiente dejé mi cargo”. Desde entonces y hasta septiembre de 2009 no hay investigación eclesiástica sobre el caso.
2006, septiembre. Errázuriz le pide a Karadima que deje el cargo. Lo reemplaza el sacerdote Juan Esteban Morales. Escudero interpreta este hecho como una consecuencia de la investigación que ha llevado adelante. Más tarde se entera de que el Cardenal le ha pedido a Karadima que deje el cargo sin mencionarle la investigación, argumentando que debe cuidar su salud. CIPER recogió testimonios parecidos en el entorno de la parroquia El Bosque: la salida de Karadima y su reemplazo por Morales se explicó oficialmente como un asunto de la edad del sacerdote. Por ello, muchas personas se enteraron de las acusaciones de Karadima recién en abril de 2010 con el programa de Informe Especial.

Extraido de CIPER Chile

Indulto: Choque de Poderes en el Gobierno

Que mal momento para un indulto a violadores de los DD.HH., si bien este tema no se encontraba superado del todo, se había avanzado de manera tal, que nos tranquilizaba ver a “algunos” de los administradores del genocidio presos, pero tal como una vieja lesión ósea que reflota en el invierno, la sinuosa política se encarga de mostrarnos que nuestro apararentemente robusto esqueleto social presenta fisuras. La Iglesia acostumbrada a entrometerse en variados asuntos, trata de ocultar su mal momento imponiendo una agenda distinta mientras su justicia canónica se muestra lenta e impune en los casos de pedofilia y abusos, todo lo anterior nos da la antesala para ver la lucha de las dos almas de este Gobierno, un alma liberal que no escabulle abordar temas valóricos y otra devota y conservadora. Claramente Sebastián Piñera se encuentra en una encrucijada con su coalición dividida y una Oposición que reflota sus logros en materia de justicia por las violaciones a los DD.HH., este cóctel se potencia con una opinión pública que rechaza todo tipo de indulto y una opinión internacional que apunta en otro sentido en los temas de crímenes de lesa humanidad. Espero que todo quede tal como está y que la ciega, sorda y muda justicia aparezca por estas latitudes.

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