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Pedro Lemebel

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Guitarreando con la CNI

Por Pedro Lemebel
Quizás para los traumas históricos no hay música recordable en la atmósfera de su violento acontecer. Es casi liviano pensar que melodía sonaba a través alguna ventana abierta cuando llegaban los aparatos de seguridad ametrallando lo que se moviera en el domicilio marcado. Tal vez, la cortina musical del noticiario teve, donde se mostraban los cuerpos violáceos producto de algún “enfrentamiento entre terroristas”.
En la película argentina Garaje Olimpo, los torturadores escuchan a Los Cinco Latinos masacrando a sus victimas al ritmo de “Dímelo tú, no me atormentes, quiero saber”. La voz pituda de Estela Raval brotaba por las alcantarillas de ese sótano y los transeúntes pisando las rejas de la cuneta no sospechaban que esa música nueva olera operaba como tapabocas o distracción para camuflar el desgarro de la tortura. En este film, el siniestro “Dímelo tu” sonaba continuamente en una pequeña radio que acompañaba el cansancio laboral de los agentes, relajándose en un break para tomar un mate tarareando el “Dímelo tu, no me atormentes”.  El estribillo de la canción seguía trinando, mientras algún doctor le tomaba el pulso al detenido boqueando bilis amarga. Arriba, la calle como si nada, la ciudad porteña iba y venía en sus continuos trámites rutinarios: la señora comprando el pan fresco, el policía dirigiendo el tránsito con su silbato, los escolares corrían para alcanzar el colectivo, algunos ciudadanos se aglomeraban en el kiosco leyendo los titulares de las revistas del espectáculo: “Julio Iglesias le canta a América”. Parecía un paisaje feliz, un país de doble filo, con dos caras, como un disco que por un lado sonaba alegre el “Dímelo tú”, y por el reverso se interrumpía con la baja de electricidad al chirriar los voltios de la parrilla.
En los subterráneos de la dictadura chilena, tal vez la música era parecida, también interpretada por algunos nueva oleros, aunque Álvaro Corvalán, uno de los jefes de la organización de la tortura, era adicto al folclore y tocaba la guitarra con cantantes protegidos del régimen. Entre ellos, Tito Fernández, un folclorista cercano a la nueva canción chilena en la Unidad Popular, quién fue detenido junto a otros tantos después del golpe. Y luego de algún tiempo de reclusión, lo dejaron en libertad y nunca dijo que le había ocurrido en esas mazmorras. En cambio, apareció un día en la televisión, en el programa de Don Francisco cantando y echando la talla con el gordo como si nada. Tito Fernández, fue un cantor del machismo doméstico, que nunca tuvo una producción musical interesante ni comprometida, pasó colado la censura cantándole a la tradición familiar. Así se hizo una cara protagónica en los show estelares de la dictadura con su aplaudido valsecito lagrimero. Nunca mas se acordó de la Peña de Los Parra donde de seguro conoció a Víctor Jara y le dieron trabajo cuando llegó a la capital siendo un desconocido. En plena dictadura tuvo su espacio, hizo amistad guitarrera con Álvaro Corbalán, quién se paseaba por los camarines de los artistas de la tele con toda propiedad. Es posible imaginarlo alguna noche de aquel tiempo de pesadilla zandungueando con Maria Pepa Nieto, una española tetuda que calentaba la tele del horror. “A Corbalán, lo conocían y trataban muchos artistas”, declaró Fernández hace poco en una entrevista, tratando de justificar su compadrazgo con este oscuro personaje. Lo cierto, era que todos sabíamos quién era el amigo de Fernández. Como no identificar a uno de los torturadores mas conocidos del régimen, sobre todo por su protagonismo en la farándula televisiva. En algún acto de izquierda a Fernández lo pifiaron a rabiar, ya se decía en el exilio que había que tener cuidado con el. Incluso hace algunos años cuando la justicia sometió a proceso a Corbalán, se vio al cantor de la casa nueva y el vino bigoteado llevándole una pizza a su  amigo en prisión.
Extraido de  Facebook de Pedro Lemebel
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LA VIRGEN OBESA DE LA TEVE

por Pedro Lemebel
Redondeado por el sopor de la tarde, el mito burlón de Don Francisco recrea el lánguido fin de semana, el opaco fin de semana poblacional que por años solamente tubo el escape cultural de Sábados Gigantes, el día chillón del verano haragán, el polvo seco de la calle sin pavimentar y la tele prendida, donde el gordo meneaba la colita al ritmo de la pirula.
Desde los sesenta, el joven y espigado Mario, vislumbro el éxito en el tanto por cuanto de su negocio de patronato. Desde ese manoseo monetario del ahorro y la inversión, hizo pasar a todo un país por la treta parlanchina de su optimismo mercante. Es decir, reemplazo el mesón de la negocia por el trafico de la entretención televisiva, la hipnosis de la familia chilena, que cada sábado, a la hora de onces, espera al gordo
para reír sin ganas con su gruesa comicidad. Así Don Pancho, supo hacer el mejor negocio de su vida al ocupar la naciente televisión como tarima de su teatralidad corporal y fiestera. Con mucha habilidad, impuso su figura regordeta. Anti televisiva, en un medio visual que privilegia el cuerpo diet. Contrabandeando payasadas y traiciones del humor ladino, nos acostumbro a relacionar la tarde ociosa del sábado con su timbre de tony, con su cara enorme y su carcajada fome, que sin embargo hizo reír a varias generaciones en los peores momentos.
Quizás su talento como estrella de la animación, se debe a que supo entretener con el mismo cantito apolítico todas las épocas, Y por mas de veinte años, vimos brillar la sopaipilla burlesca de su bufonada, y Chile se vio representado en el San Francisco de la pantalla, la mano milagrosa que regalaba autos y televisores como si les tirara migas a las palomas. Manejando la felicidad consumista del pueblo, el santo de la tele hacia mofa de la audiencia pobladora ansiosa por agarrar una juguera-radio-encendedora-estufa, a costa de parar las patas, mover el queque, o aguantar las bromas picantes con que el gordo entretenía al país.
Tal vez, la permanencia de este clown del humor fácil en la pantalla, se debió a que fue cuidadoso en sus opiniones políticas, y supo atrincherarse en el canal católico, donde su programa siempre tuvo el apoyo de la derecha empresarial. Aun así, aunque Don Francisco nunca dijo nada sobre la violación de derechos humanos y se hizo el loco cuando el hijo de Contreras declaro que su papa almorzaba con el…  Aun así, aunque le hacia una venia a los sables, hay gestos suyos que pocos conocen y que harían más soportable su terapia populista. Se sabe que en los primeros días después del golpe, le compro un sanguche a un periodista que entonces era perseguido por los militares. Tal vez esto, haga mas digerible su insoportable cháchara, pero no basta para el Vía Crucis de la Teleton. Esa odiosa teleserie de minusválidos gateando para que la Coca Cola les tire unas sillas de ruedas. No basta la emoción colectiva, ni la honestidad de las cristianas intenciones, ni el sentimentalismo piadoso para justificar la humillación disfrazada de colecta solidaria. No basta la imagen del animador como virgen obesa con la guagua parapléjica en los brazos, haciéndole propaganda a la empresa privada con un problema de salud y rehabilitación que le pertenece al estado. Con este gran gesto teletonico, el país se conmueve, se abuena, se aguachan sus demandas rabiosas. Y el “Todos juntos”, funciona como el show reconciliador donde las ideologías políticas blanquean sus diferencias bailando cumbia y pasándose la mano por el lomo con la hipocresía de la compasión. Porque más allá de los hospitales que se construyen con el escudo de la niñez invalida, quien mas gana en popularidad es el patrono del evento. El sagrado Don Francisco, el hombre puro sentimiento, puro chicharrón de corazón, el apóstol televisivo cuya única ideología es la chilenidad y su norte la picardía cruel y la risotada criolla que patento como humor nacional.
 A lo mejor, en estos años de desengaño democrático, si había que exportar un producto típico chileno, que no fuera Condorito, pasado de moda por roto y resentido, ahí estaba Don Francis: sentimental, triunfador y chacotero. Si había que instalarlo en algún escenario, no cabía duda que el mejor era Miami y su audiencia sudaca. Al resto del show, sumarle el gusaneo cubano y su hibrides de hamburguesa gringa y salson trasplantado, allegado, paracaidistas de visita siempre, pero que se creen yanquis con sus pelos teñidos, sus grasas monumentales y su vida fofa del carro al mall, del mall al surfing, y del Beach al living room, con bolsas de papas fritas, pop corn, pollo Chicken y litro de Coca Cola, para ver al chileno gracioso, que cada tarde de sábado reparte carnaval  a la tele audiencia latina. En fin, dígase lo que se diga. Don Francisco equivale a la cordillera para los millones de telespectadores del continente que lo siguen, lo aman, le creen como a la virgen, y ven en la boca chistosa del gordo una propaganda optimista de país. Más bien, una larga carcajada neoliberal que limita en una mueca triste llamada Chile.

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