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Católicos y cacheros

Por Germán Carrasco
Si habláramos con los clichés de toda esa opinología disfrazada de sociología, con olor ni siquiera a neoliberalismo sino a pinochetismo puro y duro, anticuado, como esos pelafustanes que aparecían por entonces y que la derecha no se atreve a apoyar en público porque ya no les sirven, usaríamos la horrible y pasada de moda palabra cartucho para autodefinirnos, ya que la autodefinición es deporte nacional. Pero lo cierto es que en esta cornisa del mundo somos sobresexuados, hipersexuados, cacheros a morir.
La procesión va por dentro y hasta adentro. El neoyorkino Anthony Bourdain casi se cae de raja ante los cafés con piernas (también le llamó la atención el arribismo culinario, en La Vega dijo que cuando la gente ascendía de clase social se olvidaba de su comida de verdad, se reprimen pero en el fondo se mueren de ganas por comer uno de esos platos calientes, dijo Bourdain, pero ese es otro tema). “Somos cacheros como Dios manda”, dice Juan Cameron en un poema circunstancial. Y eso se lo debemos a la iglesia católica que cifra, que esconde y cuya represión es el combustible más efectivo para el erotismo, tiro por la culata que del que le deberíamos estar agradecidos.
“La Santísima Trinidad y la Pornografía” dice magistralmente la dedicatoria de uno de nuestros grandes poetas. Después de todo, cada una de las grandes religiones históricas ha engendrado, en sus entrañas mismas, sectas, movimientos, ritos y liturgias en las que la carne y el sexo son caminos hacia la divinidad.
En el caso del catolicismo hispanoamericano yo iría más lejos aún y diría que todo el doble sentido, ese juego de palabras latino que esconde una broma sexual y que los mexicanos llaman albur, esa cosa picaresca y medio de mal gusto o de viejo verde, la productiva, obsoleta y famosilla antipoesía y hasta el lenguaje de este insigne y boicoteado pasquín(1), tienen de alguna manera que ver con eso: con nuestra herencia católica. Más claro echarle cloro: al reprimir y cifrar, la iglesia erotiza. Puro sexo. Lean algunos versos de Santa Teresa de Ávila que suelen ser usados por estudiantes de literatura en moteles parejeros:
Soy tuya, para ti nací
¿Qué quieres hacer conmigo?
Haz conmigo lo que sea.
Qué mandas, pues, buen señor
Que haga tan vil criada”.
Lo que más le molesta y duele al mundo católico es cuando se apropian de su espiritualidad, de sus escrituras, por ejemplo de la poesía de los místicos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, de quienes hay unas estatuas en la iglesia gótica de Carmelas Descalzas que es el portal de la calle Independencia (al frente de lo que hoy es la PDI y de lo que en algún momento fue la brígida -lo pondremos en minúsculas- central nacional de informaciones), por si alguien quiere visitarlos un día, ojalá sin fieles, porque con fieles es insoportable, yo no soporto su manera de vestirse, sus voces metálicas, sus miradas torvas, sus caras cobardonas.
Entonces, un secreto para los anticlericales: peguen donde duele. Le molesta más a los sectores reaccionarios de la iglesia que leamos a Sor Juana Inés de la Cruz y sus sonetos que son una verdadera cosquilla en el alma y que fueron el modelo desde el que Neruda sampleara los cien sonetos de amor cuando era flaco y pasaba hambre, Neruda en el mismo sector del que estamos hablando y que es hoy un barrio peruano. Calle Maruri, Borgoño, hoy un gueto peruano con alguna buena cevichería y la inmigración que revitalizó el sector, pero que también tiene su lado desagradable: cumbias a todo trapo en pleno domingo que pueden convertir los matices rojos del crepusculario en un infierno. Una vez vi a un pata dándole cerveza a un niño de dos años. Lo reté y lo asusté tanto que no creo que nuevamente vuelva a hacer la misma gracia. Al frente de ese bar peruano hay unos monjes (adoradores del santo cordero o algo así) con unos hábitos muy extraños. La entrada a Independencia son estos dos templos católicos.
Giani Vattimo y Simone Weil son mucho más incómodos para la iglesia que una broma, una chuchadita. El anticlericalismo de chistorete solo hace reaccionar a los grupos de católicos más fanáticos y coincidentemente los más estúpidos. Con Vattimo la crítica se realiza desde dentro de la ideología cuestionada, no para arrancarla de raíz, sino para limpiarla de los malos entendidos de una teología tendenciosa. La procesión va por dentro. Por su parte, Weil, en el interior de un cristianismo arcano, intenta dolorosamente una reconciliación de este proyecto religioso con las certezas de una modernidad en avanzado estado de rebelión anticlerical. Lo que les molesta de verdad a los católicos ultrones –los ideológicos, los con dos dedos de frente, los de temer– es que les disputen su propio legado, sus propias creencias –que son de alguna manera las nuestras, ya que aunque nos digamos ateos, agnósticos, panteístas, hinduístas o lo que sea, el cristianismo está como un tatuaje indeleble en alguna parte recóndita de nuestro disco duro–. Aunque leamos a DH Lawrence y pensemos que debe haber una religiosidad voluptuosa, corporal, solar. Alguna vez conversando con Zurita llegamos a la conclusión de que la poesía era en el fondo disfrazar la religiosidad.
En algún número anterior de este refrescante pasquín aparecía un “poeta”  confesando que se masturbaba y preguntándole de manera bastante ofensiva a una cocinera si lo hacía, a lo cual ella le dijo que ni el tiempo ni el cansancio del trabajo se lo permitían. Luego la pobre señora entró en el juego de este personaje en una situación de humillación comparable a la del gran Zalo mascando una cebolla. ¿A quién podría interesarle que un viejo pelado y panzón, que se hizo bastante el huevón durante la dictadura –pero que sale en la foto levantando el puño– y que criticó siempre al mundo progresista, se masturbe? A nadie. A veces, este personaje salía hablando en los artículos de otro periódico de sus recuerdos en el Grange, las historias de tal curita buena onda que les hacía clases (¡y hasta jugaba fútbol!) y de otro anecdotario carente de interés yo creo que hasta para los que fueron sus compañeros de curso. Este personaje carece completamente de interés, pero lo que sí es interesante y sintomático es cómo saltó desde un libro anterior dedicado nada menos que a la Virgen María a este asunto de la masturbación (la paja, por lo demás, es una cosa personal que no escandaliza a ninguna persona racional y madura). No es raro el salto tan brusco de esta especie de Miguel Piñera que es Pohlhammer. He observado que la gente católica tiene una fascinación enorme por epatar con el lenguaje soez: lo saborean, es como que sublimaran, contrarrestaran en ese lenguaje todo lo que no pueden hacer, o quieren hacer, y ya sabemos cuán lejos pueden llegar algunos degeneretes, hasta el grado del delito y la aberración. Si la sensualidad y la belleza del cuerpo, incluso del cuerpo infantil, no se esconden, si es natural que el niño o niña se bañe con papá o mamá desnudos, nada retorcido puede ocurrir. ¿Han visto a un obrero sin polera abrazar y juguetear con su hija en algún parque?
En una iluminadora carta, una verdadera clase de teología, Herbert George Wells reta a Joyce de la siguiente manera: “Su educación ha sido católica, irlandesa e insurgente; la mía ha sido científica, constructiva e inglesa. Mi estructura mental presupone un mundo en que es posible un gran proceso unificador y de concentración de fuerzas, un progreso. Ud. como católico, comenzó con un sistema de valores opuesto a la realidad. Su existencia mental está obsesionada con un monstruoso sistema de contradicciones. Debido a que Ud. cree en la castidad y en la pureza, frecuentemente estalla en exclamaciones como concha, mierda, infierno. Como yo no creo en esas cosas excepto como valores muy personales, mi mente nunca se ha visto sobresaltada o escandalizada como para tener que protestar por retretes y toallas higiénicas como tampoco por desgracias inmerecidas”.
El catolicismo le lleva cochinaditas, nos hace sobresexuados, el albur mexicano, la antipoesía, este pasquín, todos nosotros en algún momento practicamos ese deporte. No puedo dejar de seguir pensando en Joyce, cuyas cartas a Nora Barnacle son perfectas para leer en buena compañía, cuando las lámparas rojas de un motel equivalen a los vitrales de una iglesia, como coinciden la degradación de la amada hasta su exaltación más sublime. Aquí unos fragmentos:
-“Ninguna palabra es lo suficientemente tierna para tu nombre. Beso el milagroso hoyuelo de tu cuello. Tu Hermano Cristiano en la lujuria”,
-“En virtud de los apostólicos poderes investidos en mí por su Santidad el Papa Pío Décimo, por la presente te doy permiso para venir sin calzones para recibir la Bendición Papal que estaré encantado de proporcionarte. Tuyo en el Judío Agonizante”,
-“La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia mí, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pico está todavía tieso, caliente y estremecido tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros.
(1) Extraido de THE CLINIC
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