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Los '80

Los 80 para nuestra generación en 2010

 
Son múltiples las razones que han llevado a Los 80 a ser una serie sobresaliente dentro de la oferta nacional. Mucho se habla de su gran calidad, de su cuidado y amor por los detalles más rigurosos, de su impecable elección de elementos, de vestuario, de música, de las actuaciones y la dirección de arte: en fin, de una factura de calidad innegable y resultados que agradan hasta a los más exigentes.

Y toda esta ejecución virtuosa sería sólo un detalle si la historia contada en estas tres temporadas por el equipo que lidera Boris Quercia no fuese tan pertinente, tan bien pensada como lo ha sido. Algunos dicen que devela una visión sesgada; otros, que la simplifica en demasía. Más allá de estas críticas, la serie ha tenido la valentía de revisar y recrear detalladamente un tiempo del cual preferimos no hablar y lo ha hecho con humildad dentro de su ambición: haciendo viva la memoria en lo cotidiano, sin caer en caricaturas, siendo muy responsable con la verdad y dejando los juicios al espectador.
Creo muy sinceramente que su éxito se debe a la simplicidad y la franqueza con que se nos presenta: una historia tan íntimamente chilena que puede ser la de cualquiera de nosotros, de un familiar, un amigo o conocido.  La serie ha sabido conectarse con la audiencia generando un mensaje del que nadie está ajeno.
Pero, ¿cómo incorporamos esta visita a los años ochenta los que éramos muy pequeños para entender lo que pasaba? ¿Qué lecciones debemos extraer de la historia sobre los años en que nacimos?
Me permito recordar a Octavio Paz cuando se preguntaba por la identidad latinoamericana, cruzada transversalmente por la violencia que significó el mestizaje, que produjo hijos de un padre ausente y de una madre violentada en su esencia. Pues bien, ¿no es nuestro origen, como generación, una ruptura igualmente violenta? Hasta la aparición de esta serie nadie se había atrevido a hablar de los años ochenta más que para hacer reivindicaciones folclóricas, muestras de “excentricidad en el vestuario” o fiestas kitsch. Sin embargo conocer nuestra historia es absolutamente necesario para entender de manera íntegra los problemas de hoy, no sólo los que heredamos, sino también los que evolucionan desde un pasado común que hasta ahora no nos hemos atrevido a mirar con suficiente valentía, porque es doloroso, porque nos divide, porque aún hoy –incluso viendo la serie –puede abrir capítulos no superados.
Paz postula que el problema del origen “manchado” de Latinoamérica se resuelve, entre otras cosas, en el culto a María –una madre inmaculada– y en la adopción de máscaras que nos dan un carácter resuelto y esconden nuestros pesares y horrores. Asimismo, podríamos preguntarnos por cómo se resuelve nuestro propio problema de origen como generación, y si acaso queremos seguir alimentando las máscaras que nuestros antecesores han construido para no enfrentar los errores que los llevaron al fratricidio y que nos heredaron un país dividido y sumido en la más aberrante desigualdad.
¿En qué se juega la restitución de la relación filial entre los que compartimos un mismo suelo? ¿Cómo podemos –como cantaba en la misma serie Luis LeBert– “perderle miedo a todo y a los que son diferentes”?
Ante una clase dirigente que agota su insulso discurso de unidad en teletones y créditos navideños, que se aprovecha de episodios donde unirse es inevitable, levantando figuras como los mineros o el Zafrada, me parece que es una responsabilidad política de todos los sectores generar una forma más sustancial de enfrentarnos. Por lo mismo, rescato esta serie que hoy termina su tercera temporada, porque me parece que nos da el que quizás sea un primer peldaño para comenzar la construcción de nuestra historia común: el reconocimiento simple, honesto y fiel de lo que fueron los hechos que nuestros padres vivieron y nos contaron. Quizás así, en 30 años más estemos acostumbrados a mirarnos a los ojos y enfrentarnos de manera honrada, sin que el fratricidio haga necesario que exista una serie sobre los hechos que nadie quiere recordar de los años 00’ .
Esta reflexión necesita nutrirse de tantas miradas como sea posible, por lo que hago un especial llamado a utilizar el espacio de nuestra página para comentar y discutir.
Extraido de SENTIDOS COMUNES
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